lentejas
con lágrimas
El otro día, al
volver a casa para comer, oímos a nuestros padres hablar. Discutían acerca de
traer a casa un perro. Cuando mi hermana y yo lo escuchamos rápidamente dijimos
que sí, que queríamos el perro y que nos íbamos a hacer cargo de darle de
comer, limpiarlo y sacarlo a pasear y a hacer sus necesidades.
Por lo visto se
lo ofreció a mi padre un amigo por Internet. Lo había encontrado otro compañero
de trabajo, abandonado en la carretera la noche anterior. Le había mandado una
foto por correo electrónico. Era precioso. Un perro grande, de color canela y
grandes ojos marrones. Dijo que era muy dócil y cariñoso. Como él ya tenía un
pastor alemán no podía hacerse cargo del animal. Por la mañana lo llevaría al
veterinario para que viera si tenía el microchip de identificación.
Cuando volvimos
del instituto mi padre estaba serio. Nos dijo que lo sentía mucho, pero que el
veterinario, al reconocer al perro se dio cuenta de que estaba gravemente enfermo. Se estaba
quedando inválido de las patas traseras por una enfermedad en la cadera y había
que sacrificarlo. Nos llevamos un gran disgusto. Aquel día más de uno comió
lentejas con lágrimas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario